jueves, 13 de marzo de 2025

INTRODUCCIÓN A "ELOGIO A LA VIDA DEL CAMPO. HACIA UNA PARAGUAYOLOGÍA FILOSÓFICA".

 

     Ya en la antigüedad el escritor romano Tácito con su obra “Germania”, o Jean Jaques Rousseau en el “Emilio” (dentro de la historia moderna), o Natalicio González, con su libro “Proceso y formación de la cultura paraguaya” (dentro la historia cultural del Paraguay), por tomar unos pocos ejemplos, han elogiado las riquezas y los dones de la vida en contacto con la naturaleza, de la vida en los espacios agrarios. Estos análisis revestidos con una bella escritura, en cierto sentido han encontrado consistencia a través de la comparación con modos de vida sofisticados, es decir urbanos, alejados de los ritmos elementales y armónicos de la vida del campo[1]. 

   Cuando aquí hablemos de la vida del campo, nos referiremos principalmente a una vida contemplativa desarrollada en el campo, y no a cualquier forma de existencia en tal espacio geográfico, aunque si podamos encontrar algunas coincidencias entre todas ellas.

     Inmediatamente puede venirnos a la mente la pregunta ¿Qué es una vida contemplativa? O ¿qué es la contemplación? Contemplar es el olvido de la personalidad (el yo o el ego) cuando un objeto maravilloso hace propicio el brote de la consciencia (el sujeto puro e involuntario del conocimiento) en medio de la serenidad y la dicha[2]. Y ¿cuál podría ser ese “objeto maravilloso”? Podría ser la naturaleza, Dios, la Historia, la Humanidad, cualquier arquetipo o Idea  que pueda ser intuido como un Todo.

   Quien cumple a cabalidad la vida contemplativa del campo es el sabio del bosque (arandu ka’aty[3]), quien, como es de esperar, posee como objeto de su contemplación a la naturaleza, sin olvidar que en su presencia la misma historia (las acciones humanas) adquiere un sentido mítico, y por ello también se hacen contemplativas[4]. Así, elogiar al campo es también elogiar a estos hombres sencillos, de sensibilidad aguda y de generosa apertura para indicarnos las fuentes de la vida.

     Alguno podría decir que con el arandu ka’aty estamos buscando repetir el prototipo de las individualidades excepcionales, como el genio, el santo, el sabio, mistificando su figura, lo que en alguna medida se podría dar, pero lo que en verdad nos interesa es intuir a través del modo de vida de estas personas de carne y hueso, una sabiduría perenne que todavía palpita en los rincones más retirados de la geografía del Paraguay.

     El temple del arandu ka’aty va más allá de lo moral, repetimos, es una actitud contemplativa, es decir, una actitud hacia la inacción, mientras que la moral se expresa en la acción. Si nos fijamos en la Historia del Paraguay, valiéndonos del esquema de un flujo orgánico, tal como lo hemos hecho en uno de nuestros ensayos (La Idea del Paraguay[5]), podríamos decir que en el arandu ka’aty la voluntad (entendida como principio metafísico) vuelve a su fuente, luego del recorrido de su manifestación a través de la sociedad y la cultura paraguaya[6].

   El arandu vive a plenitud los “arquetipos”[7] de la cultura seminal paraguaya[8], manteniéndolos vigentes a pesar de la avalancha del mundo globalizado, que amenaza con sumir a todo en el flujo putrefacto de la banalidad[9]. Podríamos preguntarnos entonces ¿en qué consiste el modo de vida del sabio del campo (arandu ka’aty)? Un modo de vida que se resume en los arquetipos de la cultura seminal paraguaya.

     Podemos identificar dos grandes grupos de arquetipos (o Ideas o proto-formas) que caracterizan a la cultura seminal paraguaya, los arquetipos del pensamiento y los arquetipos de la acción. Los arquetipos del pensamiento se expresan en la visión del mundo y del hombre del arandu; mientras que los arquetipos de la acción se expresan en las actitudes frente a las situaciones de la cotidianeidad. Podríamos también hablar de valores intelectuales y valores pragmáticos con sus correspondientes pautas de pensamiento y de acción.

      Entonces, podemos también preguntarnos: ¿Qué peculiaridades tienen estos dos tipos de arquetipos?

     En las dos primeras partes de nuestro ensayo estudiamos estos arquetipos, mientras que en la tercera veremos cómo éstos se proyectan en medio de las costumbres.

   Pero debemos reconocer a su vez que la experiencia contemplativa del arandu se puede reproducir en el hombre de la ciudad, en aquel que deja su mundo de tensiones y frustraciones, o de preocupaciones por el dinero o la figuración social. No hace falta viajar a Oriente para retornar a la fuente de una sabiduría perenne, basta con penetrar por los caminos de arena del interior del país, llegar a los pies de un ranchito humilde, y sentir la presencia silenciosa y sosegada del arandu.

   Muchas veces, al describir las peculiaridades de la vida en el campo, estableceremos contrastes sugerentes con la vida en la ciudad, puesto que ambas formas de vivir constituyen una dualidad que no solamente implica una oposición irremediable, sino también acaso, la posibilidad de establecer al final una suerte de complementariedad entre ambos espacios.

   La identidad del paraguayo se enraíza en el campo y adquiere modificación en las ciudades, dándose esta transformación a lo largo de distintas edades que la cultura y la sociedad del Paraguay va recorriendo en su historia.

      Y el presente ensayo puede ser simplemente como una invitación a comenzar o retomar una búsqueda interior desde lo más profundo de nuestra geografía paraguaya.

 

     Podemos recordar que ya Helio Vera en su obra “En busca del hueso perdido” se propuso partir de la “sabiduría selvícola” (arandu ka’aty) para desplegar las ideas de su clásica obra sobre “paraguayología”[10], expresión literaria de aquello que Cristian Andino llamó “sátira socio-anecdótica”[11] de la identidad nacional.

     Junto a la obra de Helio Vera, quizá el libro de Saro Vera “El paraguayo, un hombre fuera de su mundo”, sea uno de los más representativos de esta manera de pensar y escribir a la que se dio en llamar paraguayología, que en su caso no es tanto sátira, sino un conjunto de observaciones empíricas[12] sobre el comportamiento típico del paraguayo. Por ello, nosotros preferimos referirnos a esta matriz narrativa como “socio-empírica”.

      Ambas obras nos servirán como principales puntos de partida, a las que sumaremos también nuestras propias experiencias y observaciones, cosechadas luego de años de visitar periódicamente distintas zonas agrarias de Villarrica, en especial la Colonia 14 de mayo[13].

    A partir de aquí es que nos animamos a ubicar como subtítulo de la obra “Hacia una paraguayología filosófica”, porque no nos contentaremos con describir pautas de comportamiento y valores de la cultura agraria paraguaya, trataremos de interpretarlas, buscando en ellas principios últimos y conocimientos integrados en una visión de mundo y del hombre.

     También queremos insistir con la idea de que aquí idealizaremos al sabio del campo y a la cultura agraria, algo necesario porque también queremos presentar esta temática como una especie de referencia para una ética de máximos de felicidad, buen vivir o vida tolerable. Será entonces, siguiendo con la terminología de Helio Vera, un paraguayo de “gua’u”, un constructo[14], en donde separaremos los vicios y debilidades propias de lo humano. Aunque también hay que decir que no es tarea sencilla separar al paraguayo de “guaú” del “te’ete”, el auténtico del construido (e incluso, si consideramos al pensamiento postmoderno podríamos reclamar la dignidad de lo que es de “gua’u”). En fin, esto nos permitirá orientarnos con mayor comodidad hacia los arquetipos de la cultura paraguaya.

      Pero también el estudio de las peculiaridades de la vida del sabio del campo puede ayudarnos a considerar la identidad del paraguayo, y a partir de ahí encontrar ideas que enriquezcan nuestras formas de comprender al Paraguay en medio de un mundo sumamente complejo.

 Enlace al ensayo completo: 

https://drive.google.com/file/d/1j_gWZXD2w3MBhY6fYL6CreWkm-ZJygch/view

[1] (Eliade, 1952, págs. 157-158); (Solari, 1971, pág. 16)

[2] Con el desvelamiento de la consciencia (el sujeto puro e involuntario del conocimiento) en la contemplación del arandu ka’aty, se da un acercamiento a la culminación del viaje de retorno desde la cultura a la fuente de la que en un principio surgió toda la aventura de la vida. Nos referimos a un acercamiento, porque la contemplación es inestable, y sólo cuando está acompañada de la comprensión de la ilusión del mundo, puede llegar a anclarse en la cotidianeidad, gracias a la aceptación de la mente.

[3] “Al sabio propiamente dicho se lo denominará con la palabra “arandu”, atributo adquirido gracias a la integración con el universo, cuyo palpitar lo siente y presiente. Para esta sabiduría no se requiere basto conocimiento sino la actitud medio mística de sentirse parte integrante de la naturaleza”. (Vera S. , 1994, pág. 140)

[4] (León Helman, 2016/2022, pp. 85-86)

[5] (León Helman, 2014/2022)

[6] Lo que nosotros hemos tratado de agregar a las enseñanzas del arandu ka’aty (inspirándonos de todas maneras en ellos) han sido las prácticas de profundización interior (León Helman, 2011/2024), como un modo de afianzar la orientación de la mente hacia la consciencia (el sujeto puro e involuntario del conocimiento).

[7] Los arquetipos son objetos del conocimiento a los que se accede intuitivamente, no a través del razonamiento, por eso al que sólo utiliza su intelecto le cuesta mucho comprender esto, porque uno debe abrirse a ellos a través de la contemplación, en medio de una completa inacción. Los arquetipos también son valores que sirven de referencia al modo de ser del arandu ka’aty, una cuestión que es desarrollada en los dos primero capítulos del libro.

[8] En referencia a esto nos dice Eliade: “Vivir de conformidad con los arquetipos equivalía a respetar la “ley”, pues la ley no era sino una hierofanía primordial, la revelación in illo tempore de las normas de la existencia, hecha por una divinidad o un ser mítico.  Y si  por la repetición de las acciones paradigmáticas y por medio de las ceremonias periódicas, el hombre arcaico conseguía, como hemos visto, anular el tiempo, no por eso dejaba de vivir en concordancia con los ritmos cósmicos; incluso podríamos decir que se integraba a dichos ritmos (recordemos sólo cuán “reales” son para él el día y la noche, las estaciones, los ciclos lunares, los solsticios, etc)”. Mircea Eliade. El mito del eterno retorno, 1952, p. 107-108. 

[9] Al respecto también dice Saro Vera: “Los acontecimientos vividos por el paraguayo no son objetos del recuerdo sino parte integrante de su vida. Los lleva grabados”. (Vera S. , 1994, pág. 102)

[10] “Es en el mundo del arandu ka’aty (sabiduría selvícola) donde se encuentran todas estas pistas, de las cuales podremos extraer los elementos medulares de la cosmovisión del paraguayo”. Helio Vera. En busca del hueso perdido, 2006, p. 63.

[11] (Andino, 2018, pág. 62)

[12] Lo que sería una especie ajustada de lo que se llama el método de la “observación participante”, ya que quien observa, en este caso Saro Vera, también vive esa identidad paraguaya, que es objeto de su estudio.

[13] (León Helman, 2014/2024, págs. 101-106)

[14] Un “tipo ideal” podríamos decir desde las reflexiones metodológicas de Max Weber.

miércoles, 26 de febrero de 2025

SESENTA AÑOS DE DARÍO SARAH (1965)

 

     Filósofo argentino. Radicado desde hace décadas en el Paraguay. Es posible notar, ya sea en sus clases, en las tesinas por él dirigidas, o en sus escritos, los influjos del filósofo canadiense Charles Taylor, centrado en el estudio de Hegel. En lo que hace al pensamiento paraguayo, apela con cierta frecuencia a ideas de Paul Ricoeur (narratividad, memoria y olvido) o Michel Foucault como un marco de reflexión.

     Se ha concentrado particularmente en estudios sobre el pensamiento paraguayo, entre los cuales podemos nombrar su introducción a la obra de Mauricio Schuartman, “Una contribución al estudio de la sociedad paraguaya”, en donde nos plantea la existencia de cuatro matrices narrativas  presentes consciente o inconscientemente en los escritores de la historia del Paraguay.

     En otro trabajo (El novecentismo: sobredimensiones y olvidos[1]), plantea la necesidad de cuestionar la homogeneidad de la llamada generación del novecientos, y para ello nos invita a pensar críticamente sobre el trabajo historiográfico de Raúl Amaral.

     En la cátedra Sarah insiste en el estudio del pensamiento romántico, como llave maestra para comprender las ideas de nuestro tiempo.

   En ocasiones Sarah repite, en un tono irónico pero muy significativo para comprender el contexto socio-cultural en el que se maneja un estudioso en Paraguay, que para seguir a la filosofía “durante el día hay que ser un fenicio, para así ser durante la noche un griego”[2].

a. Sobre las matrices narrativas

Podríamos preguntarnos ¿por qué es importante el conocimiento de las matrices narrativas?  Dice Sarah:

muchas veces, la discusión entre narradores o descriptores, ya sea sociológicos o historiográficos, no es una discusión sobre la veracidad de los hechos narrados, sino una discusión en torno a las tramas o matrices previas a la construcción de la narración, que son las que justamente permiten a quien narra seleccionar hechos, casos o sucesos -y olvidar otros-y darles funcionalidad dentro de una narración que siempre busca algún tipo de finalidad en su auditorio[3].  

     Es decir, una matriz narrativa es lo equivalente a un marco teórico que nutre y direcciona a un trabajo narrativo dentro de las ciencias sociales (aunque también podríamos extenderlo a la filosofía), ahora, la cuestión está en que el escritor o investigador no siempre muestra las “cartas” con las que está jugando (es decir, su marco narrativo o teórico), hasta podríamos decir que muchas veces se complace en ocultarlas, de ahí la relevancia de la hermenéutica.

     Para Sarah las dos principales matrices narrativas son hasta nuestros días la liberal, liderada por Cecilio Báez, y la nacionalista, representada por Juan E. O’leary, Manuel Domínguez y Natalicio González. Alude a Rafael Barrett como una de las “voces diversas” frente a las dos principales matrices narrativas, pero no se decidió a poner su discurso como componente de una matriz narrativa de igual peso, por la escasa difusión que recibió en las primeras décadas del siglo XX. Recién con la aparición de Oscar Craydt (un pensador al que podemos ubicar dentro de la generación del cuarenta), con su obra “Formación histórica de la nación paraguaya”, publicada en 1963, se consolida esta tercera matriz, a la que Sarah no le pone nombre, pero a la que nosotros llamamos “socialista”, por supuesto por las características de las ideas con las que está conectada. Justamente, por eso, por la caracterización que nosotros utilizamos, nos causó algo de sorpresa que Sarah en el prólogo al libro de Mauricio Schvartzman (Contribuciones al estudio de la sociedad paraguaya) haya considerado a la obra de éste último autor como la expresión de una “nueva matriz narrativa”, cuando bien podría seguir la misma línea de Craydt, pero quizá para Sarah el influjo tanto de Gramsci como de Morin serían factores para plantear un nuevo enfoque. De cualquier manera, aquí de nuevo estamos frente al problema de los criterios a considerar para proponer la existencia de una matriz narrativa, un problema al que Sarah siempre nos lleva con las numerosas preguntas que se plantea en cada uno de sus escritos. 

       Pero volvamos a las que son las dos principales matrices narrativas para Sarah, la liberal positivista y la nacionalista. A pesar de las diferencias que pueden observarse entre ambos relatos históricos, nuestro autor nota una coincidencia que es relevante para el análisis que lleva adelante: “ambos relatos son disonancias dentro de un discurso hegemónico fundacional: el discurso constructor de un pasado que pretende persuadir en torno a los mandatos fundamentales de una eticidad disciplinante y negadora de la alteridad”[4]. Vemos aquí cierto influjo de Michel Foucault, en lo que hace a la construcción de discursos que aseguran los muros carcelarios de una sociedad disciplinaria, aunque tendremos que ajustar términos para aplicar esto a una sociedad que en la mayor parte del siglo XX era todavía de tipo agraria. De cualquier manera, la hegemonía cultural se construyó desde las ciudades y no desde el campo, es decir, partió de las escuelas, oficinas de gobierno, hospitales, fábricas, cuarteles, comisarías, etc. La misma naturaleza debía ser colonizada por un Estado-nación que alcanzó nuevos brotes luego de las dos guerras internacionales (guerra del 70 y guerra del Chaco).

     En cuanto a la “negación de la alteridad” a la que se refiere Sarah, el mismo autor nos plantea que esta actitud de las dos principales corrientes narrativas se observa frente a sectores como “el anarquista, el socialista, los sindicatos, los indígenas “no folclóricos”, las organizaciones sociales, las luchas populares. etc”[5].

b. Sobre la generación del novecientos

Sarah pone en cuestión a esa especie de “tipo ideal” que utilizamos cuando hablamos de “generación”, en nuestro intento de comprensión de marcos culturales complejos, y ciertamente, en nuestro afán de esclarecimiento podemos estar olvidándonos, consciente o inconscientemente, no importa, de criterios de distinción o incluso de nombres relevantes, de ahí la necesidad del pensamiento crítico para redescubrir constantemente la historia desde nuestro propio presente, redescubrimiento que a su vez debería proyectarse hacia el futuro para ser otra vez criticado desde una nueva contemporaneidad.

c. Sobre la memoria y el olvido

Siguiendo algunas reflexiones de Paul Ricoeur, Sarah plantea que desde que el historiador (en cualquiera de sus variantes en las Ciencias Sociales) selecciona los sucesos a narrar, al mismo tiempo está olvidando otros, es decir, por paradójico que suene, en la medida en que recordamos también olvidamos, en la medida en que revelamos algo, también lo estamos ocultando. Nuestro afán de clarificación bien podría significar nuestra pretensión, consciente o inconsciente, no importa, de ocultar la realidad.

      Pero, más allá de la Historia y más cerca de cuestiones metafísicas ¿acaso el mismo lenguaje, la misma racionalidad, tan glorificada por el pensamiento antiguo, medieval y moderno, no implican el ocultamiento de la sencillez e inmediatez de la vida que palpita siempre desde el aquí y el ahora?

(Extracto de "Robert León Helman. En pos del pensamiento inútil. Ensayo sobre la historia de las ideas en el Paraguay").

[1] (Sarah, 2013)

[2] Juan Ramón Cano cuenta que en sus constantes visitas a sus maestros encontró, por ejemplo, a Secundino Núñez atendiendo su aguatería en Lambaré, mientras que a José Brun en medio de un negocio de fotocopias.

[3] (Sarah, 2011, pág. 11)

[4] (Sarah, 2009, p. 135)

[5] (Sarah, 2009, p. 145)

martes, 18 de febrero de 2025

A CUATROCIENTOS NOVENTA AÑOS DE LA MUERTE DE CORNELIO AGRIPA (1486-1535)

 

     Fue un filósofo alemán. Fue un polémico escritor que con su obra “De vanitate scienciarum” (sobre la vanidad de las ciencias) da inicio a una postura inconformista que podemos decir se repite en otras formas en Rousseau o en Nietzsche. Recibió influencias de Raimundo Lulio y Nicolás de Cusa, y en líneas generales sus ideas revelaban una especie de misticismo neoplatónico. Es uno de los principales representantes de la filosofía de la naturaleza renacentista, asociada íntimamente con el pensamiento mágico. Desde el pensamiento mágico se desprende la visión de un mundo interconectado, lleno de correspondencias y articulaciones, tal como lo expresa el lema “como es arriba es abajo”.

     Si decimos que las bases de la ilustración se encuentran en el racionalismo y el empirismo, también podríamos sostener que los precursores del romanticismo están entre los filósofos renacentistas de la naturaleza, siendo Rousseau una especie de paso intermedio.

     Otra de sus obras más conocidas lleva como título “Sobre la filosofía oculta”, título que hace alusión a un tipo de conocimiento al que sólo se puede acceder a través de una especie de iniciación espiritual (de ahí la alusión a lo oculto, a lo escondido para la mera racionalidad). La iniciación es un proceso cargado de simbolismo religioso, a través del cual el pensamiento va dejando sus armas de combate y es reemplazado por una actitud de devota rendición y de receptividad contemplativa.

(Extracto de "Robert León Helman. Una mirada hacia el infinito. Ensayo sobre el pensamiento moderno").

miércoles, 29 de enero de 2025

A DIEZ AÑOS DE LA MUERTE DE PEDRO CHINAGLIA (1927-2015)

 

     Fue un filósofo y sacerdote ítalo-paraguayo (vivió 38 años en Paraguay). En sus reflexiones antropológicas se nota la influencia de Max Scheler, José Ortega y Gasset y de Joseph Gevaert[1]. Doctor en Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana de Roma. Enseñó en la U.C. y en Institutos superiores católicos del Paraguay. Llevó adelante una importante labor de divulgación del conocimiento filosófico a través de sus libros para la educación secundaria (“La filosofía a través de los siglos” y “Ser hombre. Reflexiones antropológicas”). En alguna medida, podríamos decir, los libros de Chinaglia para la educación secundaria son una respuesta al libro de Laureano Pelayo García “Filosofía y Cultura”, también destinado para el uso de estudiantes secundarios.

     Un tema central en sus reflexiones lo constituye el problema del origen del mal, lo que lo conecta directamente con las ideas de Agustín de Hipona[2].

    En sus libros se vale de valiosos recursos didácticos, como ilustraciones, fotografías, trabajos de grupo, cuestionarios, fragmentos de escritos de los filósofos y vocabularios (un vocabulario al final del estudio de cada filósofo y otro general, puesto en la parte final del libro). A nivel literario utiliza metáforas o narraciones para alimentar la comprensión de los conceptos.

     Cuando Chinaglia apunta en su obra “La filosofía a través de los siglos” que al estudio de cada autor le ha agregado cuestionarios dice: “Los alumnos a través de las preguntas, llegan a leer con mayor atención el texto, descubrir lo que está casi escondido y, sobre todo, prepararse para una evaluación”[3]. Una reflexión que bien podría ser también compartida por Fernando Tellechea, un amante de los cuestionarios en sus cátedras. Sin embargo, este “sobre todo” de Chinaglia puede ser puesto en cuestión. En filosofía la evaluación no debería ser lo principal, sino un paso formal muchas veces ineludible, lo deseable debería ser “descubrir lo que está casi escondido”.

La Filosofía a través de los siglos

     Es posible encontrar algunos hilos conductores en su obra “La Filosofía a través de los siglos”.

     En el capítulo dedicado a San Agustín, aborda insistentemente el problema del mal, desde la óptica del filósofo de Hipona.

     A Kant lo presenta como síntesis entre el racionalismo y el empirismo, como en un juego dialéctico. Es como si viera ya a Kant desde el pensamiento de Hegel.

    También conecta a Kant con Descartes, ya que ambos notaron que en el conocimiento científico no existen diferencias, disparidades de criterios. Esto llevó a Descartes a tratar de equiparar el método matemático con el método de la filosofía. Pero a Kant esta cuestión le llevó a tratar de explicar por qué la metafísica (disciplina fundamental de la filosofía) no puede ser ciencia.

     Cuando estudia la filosofía de Hegel hace especial hincapié en el lema “Todo lo real es racional y todo lo racional es real”[4], que constituye una especie de resumen del colosal sistema hegeliano.

     Esta cuestión se traslada al apartado dedicado a Kierkegaard, en donde la “totalidad de lo real” es puesta en cuestión desde la vida concreta del individuo.

 

     En lo que hace a su exposición sobre el pensamiento contemporáneo, comienza Marx, al que conecta directamente con Hegel, en un mismo capítulo, luego sigue con Kierkegaard, catalogado como iniciador del existencialismo, y termina con dos grandes capítulos dedicados al existencialismo (en donde estdia Heidegger, Sartre y Marcel) y al vitalismo (en donde estudia a Bergson y a Teilhard de Chardin).

 

     A pesar de que Heidegger es ubicado dentro del capítulo sobre los existencialistas (el capítulo se titula “La existencia como dato fundamental”) Chinaglia aclara que: “No se le puede clasificar como “existencialista”, al menos si aceptamos lo que él dijo de su filosofía”[5]

     Cuando Chinaglia habla de Marcel sostiene que “le hubiese gustado que lo llamaran el “Sócrates cristiano””[6]. Pero el gran “Sócrates cristiano”, el maestro de la interioridad, el fiel seguidor del lema socrático “conócete a ti mismo” fue San Agustín de Hipona. Hay que estudiar a Marcel ciertamente desde Sócrates, pero principalmente desde Agustín.

     Puede ser un dato a considerar que los dos últimos capítulos del libro terminen con filósofos cristianos (Marcel y De Chardin), lo que en alguna medida revelan a las propias inclinaciones del autor.

 (Extracto de "Robert León Helman. En pos del pensamiento inútil. Ensayo sobre la historia de las ideas en el Paraguay")



[1] (Chinaglia, s/f, pág. 14)

[2] (Chinaglia, s/f, pág. 21)

[3] (Chinaglia, 1993, pág. 7)

[4] (Hegel, 1821/1975); (Chinaglia, 1993, pág. 287)

[5] (Chinaglia, 1993, pág. 315)

[6] (Chinaglia, 1993, pág. 330)

jueves, 16 de enero de 2025

INTRODUCCIÓN A “MAESTROS DEL CAMINO INTERIOR”

 

INTRODUCCIÓN

El origen del problema

     Quizá desde el momento en que un homínido levantó la cabeza para hacerse hombre (“anthopos” significa el que mira hacia arriba) brotó en él un penetrante asombro que echó a andar al pensamiento humano. Pero a la par que surgía el pensamiento, también surgió el deseo de dominar los objetos, junto al miedo, impreciso pero constante, con la misma separación del todo de la naturaleza. Desde entonces, el hombre ha buscado consciente e inconscientemente librarse de ese miedo original, que llegó de la mano con el pensamiento, a través de diversas formas culturales, sea técnica, religión, arte, tecnología, ciencia o filosofía.

        Así, desde la religión, que nació, podríamos decir, casi a la par misma que el pensamiento, se empezaron a llevar adelante diversas formas de simulacro de retorno a la naturaleza[1]. Y en esto podemos insistir, la mente misma es la que trata de volver a esa unidad primigenia, partiendo desde un problema básico, creado por ella misma. Y esto es lo paradójico, la mente aspira a volver a la unidad, manteniéndose no obstante como fragmento, es decir como pensamiento. De cualquier manera, hacia lo único que puede direccionarse el pensamiento es hacia la espera, a partir de ahí, el salto hacia la unidad se da a través de la intuición.

La pregunta principal

    Frente a este afán humano, que muchas veces parece inexplicable e inextinguible, queremos hacernos una pregunta que guíe a nuestro ensayo: ¿Qué enseñanzas nos han dejado los principales maestros del camino interior? Como se entenderá, la pregunta ya descarta uno de los caminos principales tomados por la humanidad, en especial por las sociedades modernas y ultramodernas, el camino exterior. El otro camino, el interior, mantenido por líneas periféricas del pensamiento moderno, como el romanticismo, como el misticismo de las grandes religiones o por las tradiciones de sabiduría agraria o indígena, es el que nos interesa para responder a nuestra pregunta.

A modo de marco teórico

    No quisiera embarcarme por este ensayo sin aclarar mis presupuestos teóricos, ya que de ese modo el lector podrá dilucidar de una manera global cuáles son los direccionamientos uniformes que toman las ideas en medio de la variedad de los maestros, de los enfoques y de los periodos históricos correspondientes.

      Partimos de un paradigma voluntarista, que tiene como referencia a los planteamientos de Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, que son tomados como teorías generales filosóficas, desde los cuales se interpreta a la vida humana como acción. Y aquí no hacemos distinciones entre acción personal y acción social, ambas se inter fecundan y se funden en un mismo movimiento.  El estado místico implica lo que Schopenhauer denomina la “negación de la voluntad de vivir”, que debe ser interpretado como no acción, antes que como inacción. La diferencia entre no acción e inacción puede ser sutil, pero se concreta con la presencia o ausencia del principio de razón (tiempo, espacio y causalidad). Si el principio de razón está ausente estamos ante la no acción, si está presente, estamos ante la inacción. Pero ¿qué relevancia tiene la presencia o no del principio de razón? Implica la paz y la armonía, en medio de una experiencia estética radical.

     Como teoría sustantiva[2] consideramos tres dimensiones para nuestro estudio: el problema básico del ser humano, el proceso de profundización interior y la concepción de la iluminación o el despertar.

      El problema básico es el punto de partida mental desde el cual se da el sufrimiento humano, como consecuencia de las jugadas que lleva adelante el pensamiento. A su vez, desde la identificación del problema básico en un maestro, ya podemos obtener pistas sobre cuál es el camino a recorrer para dejar de alimentarlo. Por ejemplo, si para Buda el problema básico es el deseo, nuestras preguntas pasarán a dirigirse hacia las posibilidades de disminución o eliminación del mismo.

     El proceso de profundización interior se asocia con las prácticas que se desprenden de las enseñanzas de los maestros, que para nosotros son básicamente tres: auto-observación o meditación, auto-estudio o indagación interior, y auto trabajo o atención dirigida a las acciones. Siguiendo con el ejemplo de Buda, cuando el maestro habla de la indiferencia (o upexa) hacia el funcionamiento de la mente, está planteando una cuestión de auto-observación; cuando define a la vida humana como sufrimiento causado por el deseo, aborda un auto-conocimiento; y cuando sostiene que las acciones simplemente se realizan, sin que lo decida ningún sujeto, se pone en despliegue una forma de auto-trabajo. En el cuerpo del ensayo no plantearemos esta dimensión de manera tan específica como lo acabamos de hacer en el ejemplo, pero estas variaciones podrán encontrarse al menos implícitamente.

     En lo que hace al despertar o a la iluminación, lo que hacemos es buscar sus características en los planteamientos de cada maestro, no como algo extraordinario, como muchas veces se plantea, sino como algo que puede notarse en peculiaridades en el funcionamiento de la mente, en disposiciones corporales o en la significación que adquiere la sociedad. Siguiendo con Buda, cuando éste habla de “nirvana”, se está planteando la desaparición del funcionamiento mismo de la mente, y con ella la relevancia de las pautas de comportamiento y valores sociales, mientras que el cuerpo se constituye en el anclaje natural de la dicha y la paz que desborda del místico.

       De cualquier manera, es necesario advertir que el desarrollo de las dos últimas categorías en el abordaje de cada maestro es sólo parcial, en cambio, la primera categoría (el problema básico) es abordada como un signo distintivo en cada uno de ellos.

A modo de marco metodológico y analítico

     Para la elaboración de este ensayo hemos revisado textos, tanto escritos como audiovisuales, buscando en ellos la adecuación a las categorías de nuestra teoría substantiva (problema básico, proceso de profundización interior y concepción del despertar).

A modo de marco contextual

En gran medida nuestra aventura intelectual ha estado marcada por la investigación en torno a una sabiduría perenne, que va más allá de la mera intelectualidad, ya que demanda constantemente el concurso de la intuición. Esta sabiduría perenne (o camino hacia lo místico) nos parece que está presente en medio de las principales tradiciones religiosas de todos los tiempos y culturas, y de manera particular en el Paraguay, en el arandu ka’aty (sabiduría del campo), en una de sus dimensiones de estudio, la contemplativa. De ahí que, en la tapa de nuestro ensayo, hemos ubicado una pintura que representa al temple de un sabio del campo.

Comentarios finales

     Hemos aludido en el subtítulo de nuestro trabajo al término “experiencia mística”, que no debe ser entendido como alguna especie de nivel extraordinario o como la expresión de alguna forma de trasmundo, nos referimos simplemente al “estado natural” del hombre, del que hemos perdido el contacto, debido a un sinnúmero de capas tanto conscientes como inconscientes, propias de nuestro sistema social (proyectado en la personalidad). Creemos que detrás de la enseñanza de los maestros del camino interior está la posibilidad de la liberación de la cárcel del pensamiento (que se expresa en ese mismo sistema social) y de un reencuentro con lo más profundo de la vida.



[1] También llamado a veces la fuente, nuestro hogar perdido, o sencillamente Dios.

[2] Una teoría substantiva es un conjunto de enunciados asociados con la parte específica de una temática que se pretende abordar dentro de un proceso de investigación. 

Enlace al ensayo completo: 

https://drive.google.com/file/d/1ph7TxELTGTySEuGUYrQrXaycI4bKYqbN/view


martes, 24 de diciembre de 2024

RESUMEN DE PUBLICACIONES DEL AÑO 2024

 

-El camino. Cosecha de pensamientos. Libro 3:

https://drive.google.com/file/d/1mPEtrpuy4M-RQBuby4g9NIytcOwRa8fS/view

-Llamado. Cosecha de pensamientos. Libro 5:

https://drive.google.com/file/d/1kk6bRG3QKvJAMSWkFoeWiBqZN_bZbXv_/view

-Un paraguayo que leyó a Schopenhauer. Autobiografía:

https://drive.google.com/file/d/1lnJiUCuYf-G1GNHyHjiJt6xNfqE3d3H2/view

-En pos del pensamiento inútil. Ensayo sobre la historia de las ideas en el Paraguay:

https://drive.google.com/file/d/1ySSjJF6kJJzkJWm4TMDMkWOQvmpFmHvo/view

-Sobre máquinas y vida. Escritos dispersos. Libro 3:

https://drive.google.com/file/d/1mK2toxd0fl6ODT45GsMbPw7k1UFt6l-N/view

-Del pasado al futuro y del futuro al pasado. Ensayo sobre el devenir del hombre:

https://drive.google.com/file/d/1YdLPYHouc4ZwcMj5pYmTiAXeSf0jRhjn/view

jueves, 12 de diciembre de 2024

A CUATROCIENTOS AÑOS DE LA MUERTE DE JACOB BOEHME (1575-1624)

 

   Fue un filósofo alemán.

     En sus inicios, el pensamiento moderno tuvo una fuerte inclinación hacia la ciencia experimental moderna (nos referimos a los empiristas) y hacia las matemáticas (nos referimso a los racionalistas), sin embargo, algunos apostarán por seguir el camino abierto por la filosofía renacentista hacia un platonismo de corte místico, que valoraba la intuición como modo privilegiado de conocer, antes que al razonamiento o a los datos empíricos. Un exponente de este tipo de posturas fue Jacob Boehme.

   Boehme sostiene que Dios (que identifica con la eterna nada [ewig Nichts], y aun con un Abismo [Ungrund o Abgrund]), no está separado del mundo, no es trascendente, sino inmanente; habita en cada objeto del cosmos, en los vientos, en los ríos y mares, pero fundamentalmente, en el hombre. A partir de ahí explica que el problema del mal se limita a aquellos hombres que se han apartado de la unidad divina, creyendo ser libres de esa manera, queriendo ser "totalidad", en vez de comprender que son "parte" dentro de una totalidad (Dios) que lo dispone todo armónicamente.

  Jacob Boehme constituye una especie de puente teórico entre el naturalismo mágico renacentista y la naturphilosophie (filosofía de la naturaleza) del periodo romántico[1].

(Extracto de "Robert León Helman. Una mirada hacia el infinito. Ensayo sobre el pensamiento moderno").



[1] En tal sentido es notable el “idealismo mágico” planteado por Novalis, uno de los más destacados pensadores románticos.