Filósofo paraguayo. Egresado de la universidad de Salamanca, discípulo
del filósofo español José Luis L. Aranguren. Hombre concentrado por entero en
la enseñanza, en donde se destaca por ser un gran expositor de los fundamentos de
las principales disciplinas filosóficas. A propósito de este último carácter de
sus enseñanzas, siempre repetía en sus clases el lema de “no hay que dar nada
por conocido”.
Junto a Anselmo Ayala (1940) Juan Andrés Cardozo (1942) y Fernando
Tellechea Yampey (1952) constituyen el último oleaje proveniente de la época de
oro de la filosofía académica en Paraguay.
Casi no es escribió nada aparte de sus trabajos para títulos de grado, y
cuando se le preguntaba el motivo, respondía honestamente que tenía “razones o
escusas para no escribir”: el alto costo de la publicación y la magra cantidad
de gente que lee obras filosóficas en Paraguay. De todas maneras, Brun está en
nuestro recuerdo como una especie de Sócrates que enseña con el ejemplo antes
que con la escritura, con la palabra vivida antes que con la teoría
sofisticada.
Su presencia en los conviviums de filosofía de la uca estaba marcada por
la declaración cuasi socrática de que él se consideraba un “necio” (del latín
“nescire”), alguien que no sabe, por lo cual, cada vez que hablaba ante el
auditorio lo hacía desde su interminable deseo de seguir aprendiendo.
En uno de esos encuentros, terminó su exposición diciendo: “Vamos
entonces, en pos del pensamiento inútil”, respondiendo irónica y magistralmente
a todo estereotipo positivista del pensador filosófico.
Una de sus principales inquietudes siempre fue “el problema del mal”,
que lo enfocaba desde distintos ángulos, sea el teológico, el filosófico o el
socio-cultural.
(Extracto de “Robert León Helman. En
pos del pensamiento inútil. Ensayo sobre la historia de las ideas en el
Paraguay”)
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