Fue un filósofo danés, precursor del
existencialismo. Sus ideas acusan la influencia de la religiosidad protestante
y la reacción frente a los planteamientos totalizadores de Hegel. Entre sus
obras cabe citar: “EL concepto de ironía” (1841), “Temor y temblor” (1843), “El
concepto de angustia” (1844) y “O lo uno o lo otro” (1843).
Frente
a Hegel
Su pensamiento marca un fuerte contraste
con el de Hegel, pues para él el tema central de la filosofía no es la
Totalidad o la Razón que se despliega en el mundo y la sociedad, sino la
existencia concreta, la vida del individuo que conoce y quiere, que sufre y que
goza, éste de todos los días y no aquel que se eleva hacia los espacios
abstractos del pensamiento.
El irracionalismo kierkegaardiano no nos
lleva hacia la exaltación del sentimiento nacionalista, como era propio de sus
contemporáneos neo-románticos, nos lleva hacia el atormentado mundo interior de
los individuos, que deben hacerse responsables por sus elecciones, que paradójicamente,
son respaldadas por su capacidad de pensar.
Esta actitud existencialista frente al
nacionalismo podemos verla en el contexto del pensamiento paraguayo en las
novelas de Gabriel Casaccia, quien nos pinta un mundo patético sobre el
escenario del pueblo de Areguá, justo en los tiempos en los que el nacionalismo empezaba a asentarse
como religión de Estado en el Paraguay. Por supuesto, Casaccia no mostraba
tampoco ningún entusiasmo por los proyectos de modernización planteados en la
mitad del siglo XX por pensadores liberales como Cecilio Báez o Eligio Ayala.
Pero volvamos al pensador danés.
La existencia
Para Kierkegaard no es posible conocer la
esencia misma del hombre, sino sólo a este hombre concreto, el cotidiano, el de
todos los días, es decir, lo que podemos conocer es la personalidad del hombre,
y desde ahí, tal vez, acercarnos a aquello que escapa a todo conocimiento, Dios
mismo.
Kierkegaard sigue el planteamiento de la
filosofía moderna sobre la diferencia entre el hombre y el animal. Los animales
no son libres, ya que se encuentran determinados por su esencia, lo que lo liga irremediablemente con la
especie. Y es esa esencia la que trata de explicar el conocimiento científico.
Mas, Kierkegaard no caerá en la glorificación de la racionalidad como
distintivo de los seres humanos frente a los animales, al contrario, la capacidad
racional que se expresa en la necesidad de hacer elecciones es una fuente de
desesperación y de angustia para la persona, situación de la que puede salir a
través de un salto de fe que implica ir más allá del conocimiento racional.
Pero el hombre es un individuo, antes que
estar determinado por la especie, y esa individualidad se caracteriza
principalmente por su capacidad de elegir. El hombre, el individuo, es libre. A
diferencia del liberalismo, Kierkegaard no apela al individualismo como un
marco de referencia que debe ser considerado por los arquitectos del sistema
social moderno, al contrario, su individualismo es un punto de partida para ir
hacia adentro, para encontrar a la soledad desesperante que se topa con lo
absurdo de la existencia, agravado por el mismo pensamiento. Si para Hegel el
pensamiento podía llevarnos hacia la Totalidad, para Kierkegaard el pensamiento
nos lleva hacia la limitación, hacia un callejón sin salida, hacia el abismo,
desde el cual se abre el espacio de la fe.
En esta capacidad de elegir radica la condición
atormentada del ser humano, de ahí que filósofos como los estoicos, Espinoza o
Schopenhauer hayan sostenido la ausencia de libre albedrío en el hombre, como
un camino para asentar en la comprensión la serenidad interior.
La
realidad
Para Kierkegaard la realidad última no es
sino Dios, a la que se accede no a partir de razonamientos, sino a través de un
salto de fe. Pero entiéndase, para el filósofo danés la fe no es creencia, es
entrega completa a aquello que constantemente se escapa a la comprensión, a la
inteligencia. Esta especie de ventana hacia lo místico no le quita a sus ideas
el aire de desesperación, de angustia incluso, porque Kierkegaard no es el
maestro Eckhardt, Kierkegaard no está centrado en Dios, sino en el hombre, Dios
no es sino la salida de emergencia para todas las empresas frustradas del ser
humano.
(Extracto de "Robert León Helman. Una mirada hacia el infinito. Ensayo sobre el pensamiento moderno").
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