Fue un filósofo francés. Es considerado
uno de los referentes del llamado pensamiento postmoderno. Entre sus obras cabe
destacar: “Diferencia y repetición” (1968), “La lógica del sentido” (1969), “El
Anti-Edipo: capitalismo y esquizofrenia” (1972) y “¿Qué es filosofía? (1991), escritos
junto al psicoanalista Félix Guattari, “Post-scriptum a las sociedades de
control” (1990).
La
filosofía como creación de conceptos
Más
allá de la visión academicista y disciplinada de la filosofía, para Deleuze la
filosofía tiene que ver con un juego, el juego de la creación de conceptos. Y
la creación de conceptos surge por una necesidad, o incluso un destino
ineludible, si seguimos el planteamiento de Deleuze sobre la acción humana. Por
supuesto, esto no implica que el filósofo se dedica a buscar ideas o conceptos
que nadie entiende ni utiliza, antes bien, es el encuentro directo con una
experiencia en la que los conceptos, antiguos, modernos o nuevos, no importa,
vuelven a cobrar la relevancia y vitalidad que perdieron con el “uso
institucional”. La filosofía es así como un descubrimiento de aquello que se
piensa “por primera vez”. Esta exposición vitalista de la filosofía y del
filósofo guarda cierto parentesco con las de Nietzsche o Schopenhauer sobre la
misma temática.
La
sociedad del control
Para
Deleuze, luego del final de la guerra fría existe un nuevo tipo de control
social, distinto al que era propio de la “sociedad disciplinaria” planteada por
Foucault, porque ahora el control se basa en la repetición interminable y
absurda de patrones de conducta que van más allá del encierro físico, así, con la
sofisticación del control se trata de mantener a los individuos en circulación
constante, en carrera constante, bajo la creencia por supuesto, de que están
corriendo por su propia voluntad y no por algún extraño mecanismo
socio-cultural que las empuja día tras día a intentar la misma travesía.
Ahora hemos llegado al punto en que el
controlador no se encuentra “afuera”, sino “adentro”, pues uno mismo es el jefe
y el empleado a la vez, uno mismo es el que se chicotea una y otra vez para
seguir el ritmo frenético de las “sociedades del control”. Por supuesto, una
locura como esta no podría desembocar sino en una “sociedad del cansancio”,
como lo propone ya Byung-Chul Han.
El
Ser
Deleuze,
quien ha erigido su obra entre los puntales de Espinoza y Heidegger (sin
olvidar, por supuesto a Nietzsche), es también un pensador del Ser. Al respecto
sostiene: “Una sola y misma voz para el múltiple de mil voces, un solo y mismo
Océano para todas las gotas, un solo clamor del Ser para todos los entes”[1]. En
todas las situaciones de la existencia palpita el único “acontecimiento” del
Ser, y solo por él los entes realizan la múltiple danza de las apariencias.
Todo es desplegado por el Ser, incluso las
aparentes decisiones y acciones de los “anarquistas deseantes”, porque el Ser
es el que da sentido en el mismo “acontecimiento” creativo, un sentido que no
puede ser reducido a los entes, incluido el ser humano, que con una inquietud
atormentada lo persigue a través de la ciencia, la filosofía o la religión.
Así, el ser humano es un “autómata purificado”, más allá de las vanas redes de
la racionalidad instrumental del mundo moderno, que no es más que una copia
burda y violenta del funcionamiento vital que emerge de lo más profundo del
cosmos.
La
esquizofrenia
Para
Deleuze, la enfermedad mental más que ser un pecado o una calamidad creada por
la sociedad capitalista (como puede serlo para Mark Fisher o Michel Foucault,
por ejemplo) tiene que ver con la emergencia de un sujeto revolucionario (un
anarco-deseante). De todas maneras, este planteamiento no debe desprenderse de
la visión metafísica de Deleuze, que deja a un lado la posibilidad del libre
albedrío, ya que los individuos no son más que “autómatas purificados”, en
otras palabras, las acciones del individuo no son más que “actualizaciones” del
“Uno-todo”[2]
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