miércoles, 22 de octubre de 2025

A SETENTA AÑOS DE LA MUERTE DE JOSÉ ORTEGA Y GASSETT (1883-1955)

 

     Fue un filósofo español. Quizá el más influyente pensador español dentro de la historia de la filosofía occidental. Asumió de manera peculiar el historicismo reinante en su tiempo, adhiriéndolo a un enfoque racionalista, de donde surge su perspectiva sobre el raciovitalismo.

      Estudió en Marburgo (Alemania) con Cohen y Natorp, a partir de lo cual podemos entender a su vez el influjo de Dilthey sobre su pensamiento.

     Si para Jaspers muchos de los condicionamientos humanos se encuentran en las “situaciones”, para Ortega ellos estarán en las “circunstancias”. Así, en las Meditaciones del Quijote el filósofo repetirá: “Yo soy yo y mis circunstancias”. 

     Y mis circunstancias son mi mundo, de donde podemos entender de una forma más precisa aquella pregunta que a veces escuchamos en medio de las conversaciones de la gente: “¿Qué es el mundo de Pedro? ¿Por qué se comporta así?”. Y si para Ortega circunstancia es lo mismo que mundo, parafraseando a Heidegger podría decir que el hombre es ser en su circunstancia. Pero acotemos algo más, la dimensión humana de “ser con los demás” también está incluida en el concepto de circunstancia, lo que nos revela la amplitud que posee el término para el pensador español. Más todavía, ese “ser con los demás” se hace preciso cuando hablamos de la sociedad y la cultura que rodea a un individuo.

     La vida humana es para Ortega un “quehacer”, nunca está hecha del todo, por lo cual uno está condenado elegir lo que en el futuro será, uno está condenado a ser libre, por supuesto, siempre condicionado por las circunstancias. “El hombre no posee naturaleza, posee historia”, dirá muy expresivamente Ortega.

     De ahí que la moralidad sea el camino que le permite al hombre cumplir con su vocación, con su llamado de vida, con el cual podrá alcanzar una vida auténtica.

      Ciertamente, la vida humana es un quehacer, pero también es aquello que a uno le pasa, como producto del contacto social, así como aquello que se relaciona con nuestro ambiente y nuestro organismo biológico. Todo aquello conforma lo que nos pasa en la vida.

(Extracto de "Robert León Helman. Una mirada hacia el infinito. Ensayo sobre el pensamiento moderno").

miércoles, 8 de octubre de 2025

A CIENTO SETENTA AÑOS DE LA MUERTE SOREN KIERKEGAARD (1813-1855)

 

     Fue un filósofo danés, precursor del existencialismo. Sus ideas acusan la influencia de la religiosidad protestante y la reacción frente a los planteamientos totalizadores de Hegel. Entre sus obras cabe citar: “EL concepto de ironía” (1841), “Temor y temblor” (1843), “El concepto de angustia” (1844) y “O lo uno o lo otro” (1843).

Frente a Hegel

     Su pensamiento marca un fuerte contraste con el de Hegel, pues para él el tema central de la filosofía no es la Totalidad o la Razón que se despliega en el mundo y la sociedad, sino la existencia concreta, la vida del individuo que conoce y quiere, que sufre y que goza, éste de todos los días y no aquel que se eleva hacia los espacios abstractos del pensamiento.

      El irracionalismo kierkegaardiano no nos lleva hacia la exaltación del sentimiento nacionalista, como era propio de sus contemporáneos neo-románticos, nos lleva hacia el atormentado mundo interior de los individuos, que deben hacerse responsables por sus elecciones, que paradójicamente, son respaldadas por su capacidad de pensar.

     Esta actitud existencialista frente al nacionalismo podemos verla en el contexto del pensamiento paraguayo en las novelas de Gabriel Casaccia, quien nos pinta un mundo patético sobre el escenario del pueblo de Areguá, justo en los tiempos  en los que el nacionalismo empezaba a asentarse como religión de Estado en el Paraguay. Por supuesto, Casaccia no mostraba tampoco ningún entusiasmo por los proyectos de modernización planteados en la mitad del siglo XX por pensadores liberales como Cecilio Báez o Eligio Ayala. Pero volvamos al pensador danés.

La existencia

    Para Kierkegaard no es posible conocer la esencia misma del hombre, sino sólo a este hombre concreto, el cotidiano, el de todos los días, es decir, lo que podemos conocer es la personalidad del hombre, y desde ahí, tal vez, acercarnos a aquello que escapa a todo conocimiento, Dios mismo.

     Kierkegaard sigue el planteamiento de la filosofía moderna sobre la diferencia entre el hombre y el animal. Los animales no son libres, ya que se encuentran determinados por su esencia,  lo que lo liga irremediablemente con la especie. Y es esa esencia la que trata de explicar el conocimiento científico. Mas, Kierkegaard no caerá en la glorificación de la racionalidad como distintivo de los seres humanos frente a los animales, al contrario, la capacidad racional que se expresa en la necesidad de hacer elecciones es una fuente de desesperación y de angustia para la persona, situación de la que puede salir a través de un salto de fe que implica ir más allá del conocimiento racional.  

    Pero el hombre es un individuo, antes que estar determinado por la especie, y esa individualidad se caracteriza principalmente por su capacidad de elegir. El hombre, el individuo, es libre. A diferencia del liberalismo, Kierkegaard no apela al individualismo como un marco de referencia que debe ser considerado por los arquitectos del sistema social moderno, al contrario, su individualismo es un punto de partida para ir hacia adentro, para encontrar a la soledad desesperante que se topa con lo absurdo de la existencia, agravado por el mismo pensamiento. Si para Hegel el pensamiento podía llevarnos hacia la Totalidad, para Kierkegaard el pensamiento nos lleva hacia la limitación, hacia un callejón sin salida, hacia el abismo, desde el cual se abre el espacio de la fe.

      En esta capacidad de elegir radica la condición atormentada del ser humano, de ahí que filósofos como los estoicos, Espinoza o Schopenhauer hayan sostenido la ausencia de libre albedrío en el hombre, como un camino para asentar en la comprensión la serenidad interior.

La realidad

     Para Kierkegaard la realidad última no es sino Dios, a la que se accede no a partir de razonamientos, sino a través de un salto de fe. Pero entiéndase, para el filósofo danés la fe no es creencia, es entrega completa a aquello que constantemente se escapa a la comprensión, a la inteligencia. Esta especie de ventana hacia lo místico no le quita a sus ideas el aire de desesperación, de angustia incluso, porque Kierkegaard no es el maestro Eckhardt, Kierkegaard no está centrado en Dios, sino en el hombre, Dios no es sino la salida de emergencia para todas las empresas frustradas del ser humano.

(Extracto de "Robert León Helman. Una mirada hacia el infinito. Ensayo sobre el pensamiento moderno").